La cultura del ajuste

La poda cultural a veces se convierte en noticia, como pasó con el cierre del ballet que dirigía Iñaki Urlezaga o el despido del director de orquestas infantiles y juveniles, Héctor Tacconi. El ballet de Iñaki había nacido con una misión social: llevar ese arte a pueblos donde no había llegado nunca. Mariela Bruno, bailarina del Ballet, contó que por WhatsApp les comunicaron que se disolvía la compañía y que se quedaban “sin trabajo”.

 

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Roque

Fotógrafo de La Garganta Poderosa

“Ellos van a tener que dar explicaciones de por qué hicieron lo que hicieron. Por qué entraron a mi casa, por qué me llevaron a mí por filmar, por qué manosearon a mi hermana y por qué nos torturaron. Todo eso no va a quedar así. No nos vamos a callar nunca más. Vamos a seguir luchando como lo hacemos todos los días”, dijo Roque.

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La marea

Miles y miles de mujeres, lesbianas, travestis y trans copamos las calles. Somos una marea verde y violeta. De todas las esquinas aparecen las consignas, los colores, los pañuelos, los cantitos y las risas. También los llantos.

Mienten cuando dicen que no podemos juntas: ¡Mirá cómo podemos! ¡Mirá qué poderosas! Estos cuerpos que deciden, hoy también coincidieron en un abrazo. Así anduvimos. Seguimos haciendo historia y la contamos nosotras mismas.

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El sueño de ser futbolista: de Dakar a Buenos Aires

Es senegalés, tiene 18 años y juega en la quinta división de Temperley. Alassane Diedhiou llegó a la Argentina en 2016 y desde ese año reparte su tiempo entre los entrenamientos en el club y la escuela secundaria. En el verano vendió anteojos y ojotas en la Costa. Ahí se dio cuenta de lo mal que la pasan sus compatriotas, del racismo y el maltrato policial: “Nada es fácil para nosotros”.

txt: Agustín Colombo

Alassane– Viojf – 007Alassane– Viojf – 001 (1)Alassane– Viojf – 006 (1)Alassane– Viojf – 005Alassane– Viojf – 004 (1)Alassane– Viojf – 009Alassane– Viojf – 011Alassane– Viojf – 012Alassane– Viojf – 013Alassane– Viojf – 014Alassane Diedhiou sueña con debutar en Primera, con jugar al fútbol, con vivir de eso. Está en ese camino sinuoso, a veces feliz, a veces angustiante, en el que muchos quedan a un costado y unos pocos llegan. Alassane es senegalés, tiene 18 años y se entrena en la quinta división de Temperley: está ahí, ni tan cerca ni tan lejos, de cumplir su sueño.

“Es lo que más quiero, dedicarme a jugar a la pelota”, dice sentado en el sillón de su casa, en Constitución, con el televisor prendido en un canal de deportes y los dedos de las manos entrecruzados: un gesto de nerviosismo que con el correr de los minutos se irá diluyendo. El sueño de Alassane viene de lejos: en Dakar, donde vivía antes, jugaba en un centro de formación y ya decía lo mismo, que quería ser un jugador profesional. Fue por eso que cuando llegó a la Argentina, como llegan miles de senegaleses desde hace una década, buscó un club donde entrenarse. Intentó en varios sin suerte. El que lo adoptó, finalmente, fue Temperley. Desde ese día, la vida de él en Argentina se reparte entre Longchamps y Turdera, donde entrena; Constitución, donde vive; y San Telmo, donde estudia.

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Alassane llegó a la Argentina el 15 de septiembre de 2016. Viajó con un amigo hasta Nigeria, y desde ahí voló hasta Buenos Aires solo. Tenía 16 años y a sus padres en esta parte del mundo. Su papá Arfang vive aquí hace diez años. Su mamá Aramatoulaye, hace tres. En el departamento de Constitución que alquilan, además de ellos, viven sus dos hermanas y su primo. Allá, en Dakar, la capital senegalesa, la ciudad donde nació Alassane, quedaron sus abuelos, sus tíos y otros primos.   

—¿Cómo era la vida en Dakar?

—Era difícil. Senegal es un país pobre, todo es caro, nada alcanza. Casi no hay trabajo, por eso todos tratamos de irnos. Teníamos nuestra casa, pero no mucho más.

—¿Qué te sorprendió de Buenos Aires?

—Me sorprendió que era más barata la comida, aunque tampoco tanto. Pero la carne era barata. Allá la carne es muy cara. No podíamos comer carne nunca. Pero lo que más me sorprendió es que aquí todos trabajan.

Como casi todas las personas que deciden emigrar de Senegal, la familia de Alassane lo hizo por trabajo. Y como pasa casi siempre, el que primero llegó es el padre de la familia. Hace diez años, Arfang, el papá de Alassane, aterrizó en Buenos Aires y empezó a vender productos en la calle. Ahora, alquila un local en una galería de Constitución. Es un caso de movilidad social ascendente dentro de la comunidad senegalesa. Una comunidad castigada por una sociedad que la discrimina y un Estado que la persigue.

En el verano pasado, con 17 años, Alassane también fue mantero, como tantos otros de sus compatriotas que son sistemáticamente perseguidos y golpeados por la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Alassane viajó hasta San Bernardo y vendía en la playa ojotas y anteojos de sol por 100 pesos. Le fue bien. Pero sólo pudo quedarse 15 días porque tenía que empezar la pretemporada con Temperley.

—¿Cómo te trató la gente en la calle?

—Siempre hay algún boludo que grita, que te dice “qué hacés acá, negro de mierda”. Mi papá me decía que son cosas que pasaban. Si alguien me molesta yo no reaccionó, no le digo nada. No me hace mal. Yo estoy aquí y tengo que aguantar eso.

—Todas las semanas, a muchos de tus compatriotas les pegan y los meten presos por trabajar en la calle.

—Es difícil. La verdad es que no es nada fácil para nosotros. Todos tienen familia en Senegal, vinieron acá para trabajar. La gente que está allá en Senegal no puede comprender lo que está pasando acá con la Policía. El maltrato que recibimos. Es cierto que no es legal vender en la calle. En Senegal tampoco es legal. Pero es el trabajo que podemos tener.

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Diez meses después de su primer verano como mantero, Alassane es uno de los tantos pasajeros que habitan el tren Roca en esta mañana de viernes. Está yendo al entrenamiento de su club, como todas las mañanas. A la noche, estudiará –como todas las noches– en una escuela pública en San Telmo. Está cursando el último año de la secundaria. Aún no sabe si va a estudiar una carrera terciaria o universitaria cuando la termine. No lo sabe porque quiere dedicarse al fútbol. “Se que no todos pueden ser profesionales. Pero quiero intentarlo. Por eso además quiero hacer el curso de técnico. Mi papá lo hizo”, cuenta.

Temperley no sólo es un club de fútbol para Alassane. Es un espacio de contención, de aprendizaje. También el lugar que le dio compañeros con los que comparte sus días, y entrenadores que lo ayudan no sólo en la parte deportiva. “Los entrenadores me hablan mucho. Me aconsejan. El fútbol es bueno acá, me gusta la manera en el que juegan. Mis compañeros son buenos, se interesan por mí, por mi país. No les importa si soy negro o no. Lo único que ellos quieren es que ganemos todos juntos”, remarca.

El ídolo de Alassane es Benjamin Mendy, el lateral izquierdo del Manchester City al que Marcelo Bielsa, cuando lo tuvo en el Olympique de Marsella, le cambió el modo de pensar, según confesó en una nota publicada en el sitio Player Tribune.

Mendy nació en los suburbios de París y es –como muchos de los jugadores que este año le dieron el Mundial a la selección francesa en Rusia– un símbolo de la generación de franceses hijos de inmigrantes: sus padres son senegaleses, exiliados económicos de un sistema que convirtió al Mar Mediterráneo en una gran fosa común.

Los días adolescentes de Mendy en Palaiseau son parecidos a los de Alassane en Constitución. Mendy sólo pensaba en jugar al fútbol. Alassane sólo piensa en jugar al fútbol. Los dos son defensores. Los dos juegan por la izquierda. Los dos tienen origen senegalés. El tiempo dirá si la historia de Alassane, una de las tantas de senegaleses que viven en Buenos Aires, se sigue pareciendo a la de su ídolo.

“NEGRO DE MIERDA”

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Andá, camina un rato con un senegalés por la avenida Avellaneda en Flores, por Once, subite al tren y acompañalo a su trabajo, parate en la avenida Corrientes a conversar con él, andá a ver jugar a un futbolista senegalés y lo vas a escuchar. Siempre lo vas a escuchar. Siempre habrá alguien que se lo diga: “NEGRO DE MIERDA”.

 

Mineros de Río Turbio

Oscuridad y silencio. Una mezcla de olores y sensaciones acompañan a lo largo de los 15 kilómetros que deben recorrerse para llegar a las entrañas de la Tierra. Olor a madera, a tierra húmeda, a hierro y a carbón. Se respira diferente, espeso. La jornada es de seis horas, en condiciones imposibles para alguien ajeno a este oficio. Sin embargo, cuando termina, el mini bus que los regresa a la superficie se llena con unos 30 “viejitos” que bromean y se acomodan como pueden, con expresiones que evidencian la alegría de haberle ganado una batalla más al cerro. Todo esto es lo que extrañan los mineros que, ya jubilados, te cuentan la lucha eterna de Río Turbio contra todos los gobiernos de turno. Trabajadores con 30 o 40 años de antigüedad que no pueden romper la rutina de esos horarios, y a los que se les hace un nudo en la garganta cuando hablan de aquellos 14 compañeros que no pudieron salir y murieron en junio de 2004.IMG_7754IMG_7768IMG_7759IMG_7800IMG_7739IMG_7733IMG_7793

 

 

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Elisa Ose

El 11 de octubre representa el último día de libertad de los pueblos originarios en esta parte del mundo. El lugar de la mujer mapuche en la resistencia y la lucha que lleva más de 500 años en la voz de Elisa Ose.

 Elisa Ose,
integrante de la comunidad mapuche Huaytekas
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Solo dos

La ruta, un lago, cuatro carpas y una tierra ancestral detrás de una barricada que paso mientras saludo desde lejos, entrando a la Lof, donde un peñi (“hermano”, en lengua mapuche) adivina que soy “Juan de Cítrica” antes de que pueda presentarme. “Poné agua para el mate, vamos a conocer al compañero fotógrafo”, le grita a otro peñi. Una charla de tres horas y varios mates para bajar los bizcochos de grasa, y para comprobar la fuerza, la entereza y la filosofía de vida de este pueblo originario de uno de los lugares más hermosos de América del Sur.
Con el equipo y la bolsa de dormir esperamos a que el juez aparezca para realizar el peritaje de la escena donde asesinaron por la espalda a Nahuel. Dos horas se tarda en llegar hasta ahí, una zona virgen para cualquier bicho de ciudad, pero no para un mapuche. Entre la ruta y el lago hay un barranco que no llega a cien metros, ahí se montó un campamento de observadores pacíficos, por si a las fuerzas de seguridad se les ocurre actuar de la misma manera en que lo vienen haciendo desde hace años por esta zona. Ahora son ocho carpas, con gente de Rosario, de Chubut, de El Bolsón, de Bariloche y de Uruguay. La mayoría gente joven, hippies, anarquistas, escritores, artesanos, maestros, gente humilde, solidaria y, sobre todo, libres.
Mi bolsa de dormir está al pie de un coihue y le caen encima los llao llao, esta especie de fruto amarillo del tamaño de un quinoto. Ya es de noche y me duermo sin comer. Llega el murmullo de la guardia, un grupo de chicas que matean hasta las 4am. Estoy en el acampe. Soy parte de un grupo, pero a la vez no. Siento distancia con gente que me observa. Soy un fotógrafo de un medio de comunicación y eso es la distancia. Distancia que generamos (nosotros, medios) cuando mentimos o mostramos solo una pequeña parte de la realidad.
Acá estoy, casi dormido, con un poco de frío, con la luna iluminando los picos nevados de un cordón de montañas. Respeté la decisión del grupo del que soy parte, respeté el miedo que sienten ellos cuando son identificados en mis fotos, aunque algunos colegas no lo hagan. Hice solo dos fotos del campamento, y ahí estaba Santiago, del lado del más débil.

Julia Cassano de D’Andrea Mohr

Julia Cassano de D’Andrea Mohr

Julia es la viuda de José Luis D’Andrea Mohr (“Vasco”), militar retirado, integrante de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y del Centro de Militares para la Democracia Argentina (CEMIDA) y autor de los libros “El escuadrón perdido” y “Obediencia de Vida”. Julia trabajó varios años en la alfabetización de adultos en la Patagonia.

Córdoba, Cravchov de Resnicoff y Steimberg

Sara Steimberg

Sara Steimberg dijo que “lo más importante es que el pueblo se entere, sepa lo que pasó”. Su hijo, Luis Pablo Steimberg, fue desaparecido junto al también recluta Luis Daniel García, en el Colegio Militar en 1976, dirigido en ese entonces por quien sería el último dictador, Reynaldo Bignone.

Delicia Córdoba

Delicia Córdoba de Mopardo, que vive en Castelar desde 1949. Ella es militante de Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora e integrante de la Asociación Seré por la Memoria y la Vida. El 13 de noviembre de 1976, un grupo armado irrumpió en su domicilio y se llevó a su hija de 26 años, Selva del Carmen Mopardo. Luego, el mismo grupo se dirigió al domicilio de su otro hijo, Alfredo Mopardo, de 23 años, quien se encontraba junto a su esposa María Alicia Morcillo, también de 23 años, y a su hermano Pablo Jorge Morcillo de 24 años. Los tres fueron secuestrados y permanecen desaparecidos.

Rosa Cravchov de Resnicoff

Militante a la que el 30 de junio de 1977 le secuestran a su hija Silvia Resnicoff y su yerno Mario Orzabat. Como consecuencia, Rosa comenzó su lucha en el organismo Familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas y gremiales en Capital Federal. Hoy continúa trabajando por la memoria, la verdad y la justicia desde la Asociación Seré por la Memoria y la Vida en Castelar.

Pérez Esquivel

En los años 1960, Pérez Esquivel empezó a trabajar con grupos latinoamericanos cristianos pacifistas. En 1974 decidió renunciar a su trabajo docente y fue elegido coordinador general para una red de comunidades latinoamericanas para promover la liberación de los pobres a través de la No-violencia.

Con el golpe de estado militar de Jorge Rafael Videla en Argentina en 1976 y con la …represión posterior, contribuyó a la formación y financiación de los enlaces entre organizaciones populares para defender los Derechos Humanos y apoyar a los familiares de las víctimas de la Dictadura. El “Servicio de Paz y Justicia”, que él fundó, evolucionó en este contexto y sirvió como instrumento para la defensa de los derechos humanos promocionando una campaña internacional para denunciar las atrocidades cometidas por el régimen militar.

En 1975, Pérez Esquivel fue detenido por la policía militar brasileña; fue encarcelado en 1976 en Ecuador junto con obispos latinoamericanos y estadounidenses; y en 1977, en Buenos Aires, fue arrestado por la Policía Federal Argentina, torturado y retenido sin juicio durante 14 meses. Mientras duró su encarcelamiento recibió, entre otras distinciones, la Memoria de Paz del Papa Juan XXIII.

En 1980 recibió el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos en defensa de los Derechos Humanos. Continuó su trabajo viajando por la mayor parte de países de Iberoamérica, por Estados Unidos y Europa, denunciando los graves crímenes contra los derechos humanos en el continente americano. Fue recibido por parlamentarios de diversas naciones europeas. Gracias a su iniciativa se iniciaron procesos penales contra la dictadura militar argentina en Italia, España y Alemania.

Osvaldo Bayer

Osvaldo Bayer nació en Santa Fe en 1927. Es periodista, escritor y docente. Estudió Historia en la Universidad de Hamburgo (Alemania), y tras su regreso a la Argentina se dedicó a la investigación y a la producción de guiones cinematográficos. Trabajó en los diarios Noticias Gráficas, el patagónico Esquel y en Clarín, donde se desempeñó como secretario de redacción. Durante la última dictadura militar fue perseguido y debió exiliarse en Alemania.

Es autor de los ensayos “La Patagonia Rebelde”, “Los anarquistas expropiadores y otros ensayos”, “Fútbol argentino”, “Rebeldía y Esperanza”, “Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia” y la novela “Rainer y Minou”. Varios de sus libros fueron llevados al cine.

Comprometido militante de los derechos humanos y amigo de Francisco Urondo y Rodolfo Walsh, Bayer es uno de los más importantes pensadores del país, y un obsesivo analista de diferentes períodos históricos relacionados con las luchas obreras y los derechos cercenados de los pueblos originarios.

Parador

La rebelión de los homeless

txt Nacho Ramírez

Convocados por una ONG solidaria, se agruparon y viven en un parador de Parque Patricios, el único del mundo que es gestionado por gente de la calle. Tienen cursos de teatro, capacitación laboral y toman las decisiones en asambleas.

Antes se lo conocía como Hogar Monteagudo: un lugar sórdido de puertas cerradas que tenía estrictos horarios de entrada y de salida. Pero este año se convirtió en el Centro de Integración Monteagudo, considerado el primer parador en el mundo que es organizado por homeless: personas sin hogar ni ingresos fijos que deambulan por la calle las 24 horas. Es el dormitorio más grande de la ciudad, donde los marginados de la sociedad se autogestionan y buscan escapar de su anterior hospedaje: la intemperie. En el hogar, situado en Monteagudo 435, Parque Patricios, conviven 110 personas. El 60% reside en forma permanente.

La Difunta Correa

La cabalgata de la fe

El cielo despertó teñido por el gris del mal augurio. En la tierra del sol se esperaba lluvia. El pronóstico lo había jurado. El agua tenía planeado empapar las crines de los caballos y los trajes de gala del gauchaje. Cerca del mediodía, los jinetes apostados sobre la avenida Ignacio de la Roza alzaban sus ojos con la esperanza de ver a las nubes ceder su paso al sol.

La caravana hacia Vallecito se extiende en la ruta a lo largo de cinco kilómetros, encabezada por la Confederación Gaucha Argentina, la Federación Gaucha Sanjuanina, los granaderos, el ejército y el propio gobernador. Son miles los devotos que los siguen, en autos de lujo o esos que hace tiempo no se ven por las grandes ciudades. Destartalados, torcidos en su andar, acompañan a la velocidad de los caballos, cargados de familias enteras. Hacia Vallecito van con sus pedidos, promesas y agradecimientos. Porque a la Difuntita no se le falla. A la vera del camino, los paisanos se acomodan en improvisados comedores para verlos pasar y desearles que el espíritu de Deolinda los acompañe en la marcha. Todos en algún momento de su vida habrán de visitar a su santa.


19 y 20 diciembre de 2001

Tras una década permanecen entre nosotros las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. No sólo a través de recuerdos, testimonios y vivencias, de maneras menos perceptibles están en nuestros miedos, resistencias, modos de ver y entender. Permanecen en las posibilidades abiertas entonces, en las que fueron y son transitadas, también en las clausuradas. Permanecen en lo que nos dejó y en lo que nos quitó. Volver a ellas es siempre volver a mirarse a sí mismo hoy.

Pioneros

Pioneros del fútbol extramuros

txt PABLO CORSO

El sector extramuros del penal de Campana es limpio, ordenado y silencioso. El control policial, más bien relajado. El tono y la tensión se espesan a medida que se cierran más candados. Después de un túnel largo y ancho aparecen jardines más o menos logrados, una escuela, una cocina y potreros para bochas, fútbol y rugby. Antes de la anteúltima reja, el oficial Daniel Martínez dice que ahora los internos tienen un propósito pero que el problema es cuando salen. “Si la sociedad no ayuda, esto siempre va a ser igual”. Van cayendo a la oficina del profe Edgardo Sanabria los muchachos de Pioneros, el primer equipo de presos y vigilantes en jugar un campeonato oficial de AFA.
Morocho de tez y pelo, Franco Zalazar reconoce que los partidos se les están complicando porque del otro lado hay jugadores experimentados, el estado físico se nota y la tensión juega en contra. Dentro de diez meses el volante de 29 años pedirá libertad asistida para trabajar en Atucha, donde tiene familiares. Hugo Hildenbrandt -lateral izquierdo de claritos- explica que en los entrenamientos ponen ganas y voluntad, pero en los partidos no logran sentirse locales. Preso desde hace cuatro años, Daniel Mansilla quiere volver con sus tres hijos y revertir el error que lo trajo acá: “Salir un rato del encierro hace que te olvides de todo. Y en los partidos queremos comer al rival”. De comida también habla Luis Benítez, que lleva adentro tres de sus 24 años.