La Difunta Correa

La cabalgata de la fe

El cielo despertó teñido por el gris del mal augurio. En la tierra del sol se esperaba lluvia. El pronóstico lo había jurado. El agua tenía planeado empapar las crines de los caballos y los trajes de gala del gauchaje. Cerca del mediodía, los jinetes apostados sobre la avenida Ignacio de la Roza alzaban sus ojos con la esperanza de ver a las nubes ceder su paso al sol.

La caravana hacia Vallecito se extiende en la ruta a lo largo de cinco kilómetros, encabezada por la Confederación Gaucha Argentina, la Federación Gaucha Sanjuanina, los granaderos, el ejército y el propio gobernador. Son miles los devotos que los siguen, en autos de lujo o esos que hace tiempo no se ven por las grandes ciudades. Destartalados, torcidos en su andar, acompañan a la velocidad de los caballos, cargados de familias enteras. Hacia Vallecito van con sus pedidos, promesas y agradecimientos. Porque a la Difuntita no se le falla. A la vera del camino, los paisanos se acomodan en improvisados comedores para verlos pasar y desearles que el espíritu de Deolinda los acompañe en la marcha. Todos en algún momento de su vida habrán de visitar a su santa.


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