El sueño de ser futbolista: de Dakar a Buenos Aires

Es senegalés, tiene 18 años y juega en la quinta división de Temperley. Alassane Diedhiou llegó a la Argentina en 2016 y desde ese año reparte su tiempo entre los entrenamientos en el club y la escuela secundaria. En el verano vendió anteojos y ojotas en la Costa. Ahí se dio cuenta de lo mal que la pasan sus compatriotas, del racismo y el maltrato policial: “Nada es fácil para nosotros”.

txt: Agustín Colombo

Alassane– Viojf – 007Alassane– Viojf – 001 (1)Alassane– Viojf – 006 (1)Alassane– Viojf – 005Alassane– Viojf – 004 (1)Alassane– Viojf – 009Alassane– Viojf – 011Alassane– Viojf – 012Alassane– Viojf – 013Alassane– Viojf – 014Alassane Diedhiou sueña con debutar en Primera, con jugar al fútbol, con vivir de eso. Está en ese camino sinuoso, a veces feliz, a veces angustiante, en el que muchos quedan a un costado y unos pocos llegan. Alassane es senegalés, tiene 18 años y se entrena en la quinta división de Temperley: está ahí, ni tan cerca ni tan lejos, de cumplir su sueño.

“Es lo que más quiero, dedicarme a jugar a la pelota”, dice sentado en el sillón de su casa, en Constitución, con el televisor prendido en un canal de deportes y los dedos de las manos entrecruzados: un gesto de nerviosismo que con el correr de los minutos se irá diluyendo. El sueño de Alassane viene de lejos: en Dakar, donde vivía antes, jugaba en un centro de formación y ya decía lo mismo, que quería ser un jugador profesional. Fue por eso que cuando llegó a la Argentina, como llegan miles de senegaleses desde hace una década, buscó un club donde entrenarse. Intentó en varios sin suerte. El que lo adoptó, finalmente, fue Temperley. Desde ese día, la vida de él en Argentina se reparte entre Longchamps y Turdera, donde entrena; Constitución, donde vive; y San Telmo, donde estudia.

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Alassane llegó a la Argentina el 15 de septiembre de 2016. Viajó con un amigo hasta Nigeria, y desde ahí voló hasta Buenos Aires solo. Tenía 16 años y a sus padres en esta parte del mundo. Su papá Arfang vive aquí hace diez años. Su mamá Aramatoulaye, hace tres. En el departamento de Constitución que alquilan, además de ellos, viven sus dos hermanas y su primo. Allá, en Dakar, la capital senegalesa, la ciudad donde nació Alassane, quedaron sus abuelos, sus tíos y otros primos.   

—¿Cómo era la vida en Dakar?

—Era difícil. Senegal es un país pobre, todo es caro, nada alcanza. Casi no hay trabajo, por eso todos tratamos de irnos. Teníamos nuestra casa, pero no mucho más.

—¿Qué te sorprendió de Buenos Aires?

—Me sorprendió que era más barata la comida, aunque tampoco tanto. Pero la carne era barata. Allá la carne es muy cara. No podíamos comer carne nunca. Pero lo que más me sorprendió es que aquí todos trabajan.

Como casi todas las personas que deciden emigrar de Senegal, la familia de Alassane lo hizo por trabajo. Y como pasa casi siempre, el que primero llegó es el padre de la familia. Hace diez años, Arfang, el papá de Alassane, aterrizó en Buenos Aires y empezó a vender productos en la calle. Ahora, alquila un local en una galería de Constitución. Es un caso de movilidad social ascendente dentro de la comunidad senegalesa. Una comunidad castigada por una sociedad que la discrimina y un Estado que la persigue.

En el verano pasado, con 17 años, Alassane también fue mantero, como tantos otros de sus compatriotas que son sistemáticamente perseguidos y golpeados por la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Alassane viajó hasta San Bernardo y vendía en la playa ojotas y anteojos de sol por 100 pesos. Le fue bien. Pero sólo pudo quedarse 15 días porque tenía que empezar la pretemporada con Temperley.

—¿Cómo te trató la gente en la calle?

—Siempre hay algún boludo que grita, que te dice “qué hacés acá, negro de mierda”. Mi papá me decía que son cosas que pasaban. Si alguien me molesta yo no reaccionó, no le digo nada. No me hace mal. Yo estoy aquí y tengo que aguantar eso.

—Todas las semanas, a muchos de tus compatriotas les pegan y los meten presos por trabajar en la calle.

—Es difícil. La verdad es que no es nada fácil para nosotros. Todos tienen familia en Senegal, vinieron acá para trabajar. La gente que está allá en Senegal no puede comprender lo que está pasando acá con la Policía. El maltrato que recibimos. Es cierto que no es legal vender en la calle. En Senegal tampoco es legal. Pero es el trabajo que podemos tener.

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Diez meses después de su primer verano como mantero, Alassane es uno de los tantos pasajeros que habitan el tren Roca en esta mañana de viernes. Está yendo al entrenamiento de su club, como todas las mañanas. A la noche, estudiará –como todas las noches– en una escuela pública en San Telmo. Está cursando el último año de la secundaria. Aún no sabe si va a estudiar una carrera terciaria o universitaria cuando la termine. No lo sabe porque quiere dedicarse al fútbol. “Se que no todos pueden ser profesionales. Pero quiero intentarlo. Por eso además quiero hacer el curso de técnico. Mi papá lo hizo”, cuenta.

Temperley no sólo es un club de fútbol para Alassane. Es un espacio de contención, de aprendizaje. También el lugar que le dio compañeros con los que comparte sus días, y entrenadores que lo ayudan no sólo en la parte deportiva. “Los entrenadores me hablan mucho. Me aconsejan. El fútbol es bueno acá, me gusta la manera en el que juegan. Mis compañeros son buenos, se interesan por mí, por mi país. No les importa si soy negro o no. Lo único que ellos quieren es que ganemos todos juntos”, remarca.

El ídolo de Alassane es Benjamin Mendy, el lateral izquierdo del Manchester City al que Marcelo Bielsa, cuando lo tuvo en el Olympique de Marsella, le cambió el modo de pensar, según confesó en una nota publicada en el sitio Player Tribune.

Mendy nació en los suburbios de París y es –como muchos de los jugadores que este año le dieron el Mundial a la selección francesa en Rusia– un símbolo de la generación de franceses hijos de inmigrantes: sus padres son senegaleses, exiliados económicos de un sistema que convirtió al Mar Mediterráneo en una gran fosa común.

Los días adolescentes de Mendy en Palaiseau son parecidos a los de Alassane en Constitución. Mendy sólo pensaba en jugar al fútbol. Alassane sólo piensa en jugar al fútbol. Los dos son defensores. Los dos juegan por la izquierda. Los dos tienen origen senegalés. El tiempo dirá si la historia de Alassane, una de las tantas de senegaleses que viven en Buenos Aires, se sigue pareciendo a la de su ídolo.

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