Voces tapadas por las inundaciones

txt Mariano Pagnucco

 
En sus ocho años de militancia territorial, Mariluz aprendió a tejer lazos con sus compañeras, a pensar colectivamente y a estar atenta a las necesidades de sus vecinos y vecinas. Lo que no había aprendido todavía era cómo construir una embarcación. El agua que le llegaba hasta la cintura y el dato de que había una mujer embarazada de siete meses en una casilla donde la inundación avanzaba, le dieron el impulso necesario. Junto a sus compañeras de militancia desarmaron una mesa de plástico y rescataron de entre los objetos que flotaban dos bloques de telgopor. Con esa balsa improvisada, la embarazada y su familia pudieron salir del pantano que rodeaba su casa. La beba, Oriana, nació por cesárea unas horas después.

Esta historia mínima ocurrida en Esteban Echeverría, conurbano bonaerense sur, es una postal de las inundaciones que afectan a la Provincia de Buenos Aires desde la semana pasada. La agenda mediática de los últimos días estuvo copada por el debate presidencial, las chicanas electorales y -en menor medida- el Encuentro Plurinacional de La Plata. Mientras tanto, organizaciones sociales, sindicatos y vecinos solidarios se dedicaron a multiplicar los esfuerzos para paliar la ausencia del Estado ante un drama recurrente.

 

Inundacion Esteban Eche- ViojF - 010Inundacion Esteban Eche- ViojF - 011Juan Pablo Barrientos Viojf

En los barrios inundados hay dos urgencias: ayuda para sostener las pérdidas materiales y un pronóstico meteorológico que les garantice que la lluvia va a parar. En el medio, cientos de historias de vida atravesadas por el dolor, la bronca y también la solidaridad.

Habitantes de la laguna
El centro cultural y comunitario “La Esperanza” del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) está ubicado en El Zaizar, un barrio de Esteban Echeverría de casas bajas donde el asfalto va desapareciendo a medida que se avanza. Para las coordenadas del GPS, es un barrio ubicado entre Camino de Cintura y la autopista Ezeiza-Cañuelas; pero las coordenadas sensoriales marcan que la calle Fiambalá, donde está ubicado el centro del FOL, es un límite no formal hacia otra realidad: más allá hay construcciones precarias (algunas de material) que empezaron a aparecer luego de una toma de tierras hace dos años.

Toda esa zona es un mar verde de terrenos blandos que rodean una inmensa laguna, que a su vez conecta con una red de infinita de arroyos que conforman la cuenca del Río Matanza. Ahí está construida, entre otras, la casilla de donde tuvieron que sacar a la embarazada hace unos días. Rober, el papá de la recién nacida, fue a visitar a su señora al hospital de Monte Grande y ahora está de regreso. Una de las enseñanzas de las inundaciones es que no se puede abandonar las pertenencias, porque junto a la suciedad y los bichos, el agua trae oportunistas.

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Rober construyó su casa con madera y chapas en la medida que su trabajo como costurero le reportaba algún ingreso. En el interior de la vivienda, cajones de fruta y listones de madera le ayudaron a levantar muebles y ropa para poner a salvo de la inundación. Si bien el nivel del agua bajó alrededor, todavía hay un triciclo sumergido y uno de los perros de vecindario chapotea persiguiendo lo que parece ser una víbora pequeña. Desde la superficie del agua sube olor a podrido.

Mariluz muestra la balsa que improvisaron para el rescate y se ríe de su propia inventiva. Ella, al igual que Sonia y otras compañeras que sostienen “La Esperanza”, tuvieron que suspender el viaje a La Plata porque las urgencias del barrio eran más apremiantes que la participación en el Encuentro Plurinacional. Al centro comunitario -donde funciona un comedor, un merendero y talleres de apoyo escolar- llegaron los últimos días más bocas para alimentar que las habituales, y entonces hubo que ampliar la solidaridad más allás de las insignias políticas: “Nos organizamos junto a la CCC, que también tiene un comedor cerca, para recibir a toda la gente que quería un plato de comida”.

Matías, uno de los jóvenes que participa allí, muestra la pila de colchones que aliviaron la intemperie de unas 10 familias. La creciente demanda del barrio requirió también de relevos entre compañeres para cuidar el lugar a la noche. En la pequeña cocina del lugar, un grupo de mujeres prepara el almuerzo para cuando lleguen las familias con sus tuppers y platos.

 

Las noticias de los medios comerciales hablaban de un despliegue de las fuerzas de seguridad para asistir a los barrios afectados por las inundaciones. Matías: “Acá no se mete nadie, no se quieren ensuciar”, dice con su pantalón jogging mojado hasta la rodilla.

El guiso y el kayak
En la delegación Monte Grande del sindicato de Camioneros -bajo un tinglado de chapa que sirve de resguardo de la lluvia que no para desde la mañana-, lo que marca la hora es el olor a comida. En un costado, varias filas de chorizos se van dorando en una parrilla; en otro costado, dos ollas enormes largan humo mientras algunos muchachos se turnan para revolver el guiso que están preparando.

Hay 6 kilos de entrañas, 6 de chorizos, 10 de arroz y otros tantos de verduras que se cocinan en las ollas. Marcelo, uno de los encargados de la tarea, mezcla los ingredientes con un cucharón de madera que parece un remo por el tamaño. Cuando el guiso esté listo, una caravana de autos, motos y camionetas saldrá desde Camioneros para llevar provisiones al barrio Transradio, uno de los más comprometidos por las inundaciones.

“Hoy amaneció lloviendo y no apareció ni la carpa que nos había prestado el Municipio”

Adrián Valenti, quien forma parte de la delegación, dice que desde el fin de semana pasado no dan abasto por la cantidad de personas inundadas. “No sabemos para dónde ir, todos necesitan ayuda”, comenta. Su celular recibe llamadas y mensajes de WhatsApp sin descanso, mientra les indica a sus compañeros “hay que traer harina”, “busquen cajas de lavandina”, “necesitamos un kayak más”.

Al lado de la parrilla hay tres mesas desbordadas de bolsas negras de residuos con etiquetas: Ropa de chicos, Ropa de Mujer, Ropa de Varón. Enseguida se arma un grupo de trabajo para abrir las bolsas, mirar el contenido y clasificar lo que van a llevar. Con el correr de los minutos da la sensación de que no cabe tanta gente bajo el tinglado. Hay más de 40 personas (mayoría de varones con predominancia del verde de Camioneros en las camperas y los pantalones) distribuidas en grupos que cocinan, acomodan ropa, cargan donaciones o simplemente charlan entre ellas.

Cuando están listos los chorizos, se arman sanguchitos que todos comen de parado. “Se viene un día duro”, advierte Adrián. La lluvia sigue golpeando el tinglado. Minutos después, la caravana se pone en marcha.

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Más acá de la inundación
El barrio de Esteban Echeverría conocido como Transradio es lindero con los campos recreativos y los camping de distintos sindicatos. La lluvia incesante y el desborde del Río Matanza de los días recientes han multiplicado las piletas que abundan en la zona, al punto de que las calles anegadas se asemejan a una versión trágica de Venecia. Para meterse en el barrio hace falta un bote o la decisión de mojarse la ropa.

En una esquina que marca la frontera entre el asfalto húmedo y los arroyos callejeros, hay un gazebo improvisado con un plástico negro. Debajo, varias ollas humean al calor de la leña que arde. Bety, que se define como “manzanera” (una definición que remite a los tiempos de Eduardo y “Chiche” Duhalde en la Provincia de Buenos Aires), está a cargo de las ollas autogestionadas: “Yo siempre colaboro con mis vecinos. Hoy eran las 10 de la mañana y no había nadie, mientras ayer competían por quién daba más asistencia. Hoy amaneció lloviendo y no apareció ni la carpa que nos había prestado el Municipio”. 

La olla de la que salen raciones de guiso de porotos se sostiene con donaciones, dice Bety. Cada uno pone lo que puede (la carnicería del barrio donó alitas de pollo, por ejemplo) y así garantizan almuerzo, merienda y cena para las personas que deciden abandonar sus casas para meter algo caliente en la panza. Detrás de las ollas, también bajo el gazebo improvisado, mujeres de distintas edades revisan una maraña de prendas donadas y eligen qué llevarse según el talle y la necesidad familiar. 

Un grupo de Camioneros carga uno de los botes que trajeron en la camioneta y camina por la calle en dirección al gran espejo de agua que se adentra en el barrio.

Camioneros en el agua
Son treinta y pico de muchachos que, cuando el agua empieza a subir por los tobillos y más, cargan en el bote y en un kayak bidones de agua, ropas, artículos de limpieza y raciones del guiso preparado hace un rato. Empujan las embarcaciones mientra hacen una arenga camionera para acompañar la larga caminata anfibia por el barrio. A medida que avanzan, se escuchan chiflidos o gritos. Entonces aparecen vecinos subidos a los techos o en los pisos superiores de sus casas que se hacen ver. Los camioneros arman un pasamanos y así dejan bidones de agua potable, porciones de comida o lo que haga falta.

En algunas casas de Transradio, el agua sigue metida a un metro de altura o más. Hace varios días que no hay suministro eléctrico y que las necesidades más elementales (comida, higiene, descanso) están acompañadas de la sensación de alerta por la posibilidad de robos. Cuando cae la noche, las viviendas son el lugar indicado para refugiarse, por eso las cuadrillas solidarias que deambulan durante las horas diurnas garantizan, al menos, un suministro básico.

Samuel, que pertenece a una iglesia evangélica de la zona, se acercó con su bicicleta -casi acuática- para conocer las necesidades del barrio y articular con los pastores la llegada de donaciones. También hay un grupo de militantes de Barrios de Pie-Libres del Sur que cargan packs de agua mineral. Johanna, coordinadora en Esteban Echeverría, cuenta la situación: “Acá la necesidad es tan grande que los propios vecinos se organizan para ayudarnos a repartir lo que pudimos conseguir para los afectados. Los vecinos inundados, al no tener respuestas del Municipio, se han acercado a pedir tanto víveres como agua. No sólo que el Municipio no los atiende, sino que además las respuestas que da son pocas”.

¿Por qué se inunda Esteban Echeverría? “Para ser realista, las obras anunciadas nunca se terminaron y además llovió tanto que hizo colapsar todo”, dice Johanna. El intendente Fernando Gray está bien presente en Transradio, sobre todo en las paredes donde los carteles electorales lo muestran sonriente junto al sol del Frente de Todxs. Pero el efecto democrático de la inundación se encarga de sumergir cualquier grieta política: “La gobernadora Vidal vino a sacarse fotos para la campaña y nunca más apareció”, dice Erminda, una vecina que observa cómo un gomón de Bomberos traslada a una señora mayor con algunas pertenencias.

“Acá la necesidad es tan grande que los propios vecinos se organizan para ayudarnos a repartir lo que pudimos conseguir para los afectados”

“¿Quién se hace cargo de todo lo que perdimos?”, se pregunta Erminda. En su caso, “todo” significa heladera, mesas, sillas, roperos y otros muebles. También rescata la solidaridad ante la pérdida: “La Municipalidad no vino para nada. Entre los vecinos nos ayudamos y nos pasamos cosas. Ayer vino la directora de la Escuela 30, donde van mis hijos, a traer agua y comida y ver cómo estábamos”.

Dos voluntarias de Zoonosis arrojan bolsas con alimento para mascotas a un techo donde se asoma una familia; luego, cuando quieren bajar a la calle-arroyo, un mal paso las deja tapadas de agua hasta la cintura. Los animales domésticos también son víctimas del agua, como el perrito marrón que hace guardia desde un techo de chapa a la espera de que regresen sus dueños. “Quisimos bajarlo pero no quiere moverse”, dice Horacio. Él y su familia se encargan de dejarle alimento en el techo. Tal vez ese gesto humano sea una forma de compensación de la propia solidaridad recibida. Cuenta Horacio que un vecino de la cuadra les dejó las llaves de su taller para que puedan usarlo como refugio seco.

 

Una tristeza de todos los años
Mientras un camarógrafo de Telefé enfoca la cuadra inundada desde un bote empujado por varias personas de Defensa Civil, por la calle-arroyo flotan también balsas nacidas del ingenio popular: bidones de agua vacíos, trozos de telgopor, maderas y plásticos combinados sirven para trasladarse de un lugar a otro sin mojarse. Para los más jóvenes, el agua tiene un componente de juego. Un chico de visera advierte la presencia periodística y exclama entre risas: “¡No se inunda más! ¡Vamos Macri!”. 

En el agua flotan también recipientes plásticos, botellas y otras variedades de residudos. Imposible descubrir la superficie de asfalto, en parte porque el agua llega a la cintura y en parte porque hay sobre el espejo líquido una capa grasosa que oscurece todavía más el color del agua. 

“Acá está muy jodida la situación. Se me llenó la casa de agua y perdí colchón, cama, todo. Es una tristeza. (Llorando.) Todos los años es así”

Claudio, que vive en Esteban Echeverría desde que era chico, recuerda que su casa, construida en una zona más alta, recibió a varios vecinos en una inundación de 1987. Hoy decidió acompañar a la cuadrilla camionera: “Es importante acercarse a ayudar en estos momentos”, dice mientras avanza con esfuerzo sumergido hasta la cintura. Marcelo, a quien le tocó preparar el guiso que ahora reparte Camioneros, camina a la par: “Nosotros arrancamos el sábado, empezamos a cocinar y a juntar cosas. Fue algo espontáneo y solidario. Es terrible lo que pasa con la gente, no tendría que pasar más pero sigue pasando”.

¿Cuál es el interés del sindicato en estar en el barrio? “Acá no hay cuestiones políticas ni nada, es pura solidaridad”, responde. En una esquina, una señora extiende desde el balcón una barra de acero con un gancho que le permite subir las provisiones. Marcelo engancha el bidón y después una bolsa de alimento para perros que le acaba de arrojar desde la terraza otra vecina. ¿Qué se llevan los camioneros de esta recorrida? “Una caricia al corazón”, dice Marcelo.

Basilio, que construyó su casa en 1998, señala su mentón para indicar hasta dónde había llegado el agua en la inundación de “2000 o 2001”. Pareciera que todas las personas del barrio tienen una memoria ligada a las inundaciones, de años o décadas anteriores. Basilio advierte que si no se asoman a la puerta, las pocas ayudas que llegan al barrio pasan de largo. A su lado está Leonela, su esposa, que no quiere hablar mucho para que no se preocupen sus familiares de Pilar y de Ezeiza. 

“Esto era todo campo”, dice Basilio e intenta una explicación para las inundaciones recurrentes: “Acá atrás tenemos un baldío, que era militar, de 250 hectáres. Cuando se inunda, no sé si cierran o abren las compuertas, pero el agua sube de golpe”. En la vereda de enfente, una mujer hace señas. Quiere hablar. Se llama Albina y es vecina con tres años de residencia en Transradio.

Frente al grabador, dice: “Acá está muy jodida la situación. Se me llenó la casa de agua y perdí colchón, cama, todo. Es una tristeza. (Llorando.) Todos los años es así.Todo perdimos. La Municipalidad no está con nosotros, quien se acercó fue la seño Mabel, de la Escuela 10, que estuvo con nosotros en todo momento. Los Bomberos nos trajeron algunas cosas… ¿y el intendente dónde está? Yo no pude terminar el baño, tengo pozo ciego, y ahora salieron todos gusanos. (Albina mueve las manos y se siente olor a lavandina.) Esto hay que mostrarlo, yo tengo una nena de 6 años, a los vecinos les pasa lo mismo. Se ve que abrieron las compuertas de golpe, porque vino el agua que parecía un río. ¿Y si yo quiero salir con mi nena y nos ahogamos? Es una tristeza. No es de ahora, es de todos los años“.